Por Elías Adasme Apablaza 1ro de mayo de 2026
A mis 71 años, llevo en la memoria la cicatriz de una de las épocas más oscuras de nuestra
historia, pero también la dignidad intacta de quien no bajó la mirada, la resiliencia del espíritu humano frente a la barbarie.
La libertad no es un concepto abstracto; es el aire que respiramos y que solo echamos de
menos cuando la garra del autoritarismo nos aprieta el cuello. Aquel 1ro de mayo de 1979, bajo el cielo plomizo de un Santiago sitiado, la dictadura no solo detuvo a un joven artista de 24 años; intentó, a través del terror, sofocar la esencia misma de la humanidad: la solidaridad.
Y es que en una dictadura, la solidaridad se vuelve subversiva. Aún cuando estaba consciente de la carga política que implicaba acudir a una manifestación en el Día Internacional de los Trabajadores —soy hijo de un trabajador ferroviario—, mi delito no fue una consigna política, sino el acto instintivo de proteger a un niño que era golpeado brutalmente. Meter a un joven y a ese niño ensangrentado en la maletera de un auto es la imagen gráfica de un sistema que ha perdido todo rastro de moral. Luego, el uso de la tortura psicológica, como el juego perverso del bueno y el malo, busca desintegrar la identidad del individuo, quebrar la psique para que la verdad —o lo que ellos quieren oír— brote del miedo.
Todos los artistas son subversivos!, gritaban los agentes de la CNI que me detuvieron en aquella ocasión. Y en cierto sentido, tenían razón. El arte es, por definición, un ejercicio de libertad absoluta, un espacio donde el pensamiento no puede ser encadenado. Al declarar el arte como una forma de vida en medio del dolor, no solo defendía un oficio o profesión, defendía mi derecho a ver el mundo más allá del gris del uniforme. Mientras ellos buscaban los nombres de los organizadores de la manifestación, en aquel 1ro de mayo se me tornaba imperioso sostener la bandera de la cultura frente a la brutalidad ignorante.
Hoy, la mirada del hombre transcurrido que soy, se encuentra con la del joven que fue
desaparecido por nueve días. Esos días de angustia, donde mi madre buscó vida entre los
muertos de la morgue, no fueron en vano. Mi historia es el corolario de una lucha que
trasciende lo personal.
La memoria es un baluarte contra el olvido. La pérdida de libertad en dictadura nos enseña
que la democracia es un jardín frágil que requiere cuidado constante. Aquel episodio horrible, lejos de doblegarme, se convirtió en una lección magistral de altruismo. Al final del día, los torturadores pasan a las páginas más negras de la historia, pero el gesto de defender la justicia permanece como una luz que guía a las nuevas generaciones.
La memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados, pero también la única
trinchera que nos protege de sucumbir ante el horror.









