Autoritarismo ad portas

Por Elías Adasme Apablaza, Artista visual y escritor

“A veces 100 millones, 500 millones, para una investigación que termina en un libro precioso, empastado, en la biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno.”

La cita de José Antonio Kast, presidente de la República de Chile, no es de ningún economista obsesionado con reducir gastos públicos al estilo de la motosierra de Milei en Argentina. No. Es una declaración de principios que reduce la experiencia humana a una transacción mercantil. Al preguntar “¿cuántos trabajos generó?”, se asume que la única función legítima de la inteligencia y la creatividad es la producción de mano de obra o capital. Sin embargo, gobernar una nación es mucho más que administrar una empresa; es liderar una comunidad.

El desprecio por ese “libro precioso en la biblioteca” como reserva de memoria, análisis y pensamiento crítico, ignora que las grandes transformaciones sociales, científicas y políticas no nacieron de la búsqueda de rentabilidad, sino de la investigación pura. Un estudio sociológico puede no generar empleos directos el lunes, pero puede prevenir un estallido social el viernes al identificar grietas en la cohesión nacional. La literatura y el arte no “cuadran cajas”, pero construyen identidad, ese pegamento invisible que hace que un ciudadano se sienta parte de un proyecto común llamado Chile.

Comparo esta postura de Kast con los recortes de Trump a universidades como Harvard en Estados Unidos: ambos ven en la intelectualidad un enemigo o un lujo prescindible. Pero una sociedad que solo financia lo que “funciona” técnicamente, termina siendo una sociedad que no sabe por qué sirven las máquinas que operan. La academia y el mundo intelectual existen para interpretar la realidad, cuestionar el poder y proponer horizontes que el mercado, por su propia naturaleza cortoplacista, es incapaz de ver.

Un líder nacional debe entender que el país es un organismo vivo. Si solo se alimenta el “músculo” (la economía) y se deja morir el “cerebro” (la academia) o el “alma” (las artes), el cuerpo termina colapsando por falta de dirección integral.

El artista no busca generar vacantes en un call center; busca expandir la sensibilidad humana.

El intelectual no busca “dilapidar” recursos monetarios; busca dotar de profundidad a una discusión pública que, de lo contrario, se vuelve superficial y violenta.

Una nación que solo valora lo que puede ser mercadeable, pronto descubrirá que ha prostituido su capacidad de pensar.

Reducir la inversión en conocimiento a una mera cifra contable es, en última instancia, una forma de miopía estratégica. El costo de “no saber” o de no tener una cultura robusta siempre termina siendo mucho más alto que el de cualquier libro empastado en una biblioteca.

La gravedad del discurso de Kast no radica solamente en el hecho de recortar recursos o mercantilizar derechos, sino en imponer criterios donde se le impone a la sociedad, lo que sí es válido pensar, porque promueve una visión de mundo donde la reflexión y el pensamiento crítico son innecesarios.

Y cuando un gobierno le impone a la sociedad a considerar innecesario el pensamiento crítico, entonces se erosiona posibilidad de una vida democrática que sea capaz de definir su destino más allá de las exigencias inmediatas del mercado.

¡Alerta… autoritarismo ad portas!