¿Arancel cero a cambio de qué? Esa es probablemente la pregunta que Chile debe hacerse antes de avanzar en una nueva negociación comercial con Estados Unidos. Porque detrás de la discusión por la sobretasa de 12,5% existe una agenda mucho más amplia, donde los minerales críticos, particularmente el cobre y el litio, adquieren una importancia estratégica que trasciende largamente el intercambio comercial.
Chile enfrenta una negociación compleja con Estados Unidos. El objetivo del Gobierno es conseguir que los productos chilenos actualmente afectados por la sobretasa vuelvan a ingresar al mercado norteamericano con arancel cero. Pero Washington, de acuerdo con los antecedentes conocidos de las conversaciones, no estaría mirando solamente cifras de exportación, sino que también estaría buscando compromisos en materias consideradas estratégicas para su seguridad económica.
Entre ellas aparece un punto especialmente sensible para Chile: el acceso, la inversión y la competencia en minerales críticos como el cobre y el litio.
Y aquí es donde la discusión adquiere una dimensión mayor.
Chile posee una de las principales reservas y capacidades productivas del mundo en minerales fundamentales para la transición energética, la industria tecnológica y la seguridad económica de las grandes potencias. El cobre es indispensable para redes eléctricas, infraestructura, electromovilidad y tecnología, mientras el litio se ha convertido en un insumo estratégico para las baterías y el almacenamiento energético.
Por eso, no resulta extraño que Estados Unidos busque fortalecer su posición frente a estos recursos.
El documento que sirve de base a esta reflexión señala que, dentro de las conversaciones anteriores, Washington planteó avanzar en materia de seguridad económica, incluyendo inversión conjunta en materias primas críticas como cobre y litio. También aparece la solicitud de establecer mecanismos de investment screening, es decir, sistemas para revisar las inversiones considerando su origen y eventuales riesgos estratégicos.
El asunto es delicado.
Chile necesita inversión, mercados y socios estratégicos. Pero una cosa es establecer alianzas comerciales beneficiosas para ambas partes y otra muy distinta es que una rebaja arancelaria pueda terminar transformándose en una herramienta de presión para obtener ventajas sobre recursos naturales que son estratégicos para nuestro país.
Chile no puede negociar sus minerales críticos como si fueran una moneda de cambio.
La discusión tampoco debería reducirse a una mirada ideológica. No se trata de estar a favor o en contra de Estados Unidos, ni de reemplazar a China por Washington. Se trata de defender una política exterior y comercial que responda primero a los intereses de Chile.
Los números muestran la importancia de diversificar. Durante el primer semestre de 2026, China concentró el 35,3% de las exportaciones chilenas, mientras Estados Unidos representó el 16,4%. Entre ambos mercados concentran más de la mitad de nuestros envíos al exterior.
Esa dependencia debe ser observada con atención.
La estrategia impulsada por la administración de Donald Trump parece recorrer todo el continente: fortalecer las cadenas de suministro estadounidenses, reducir dependencias consideradas riesgosas y asegurar acceso a materias primas críticas. En ese escenario, América Latina deja de ser solamente un conjunto de mercados para transformarse en una pieza relevante de la competencia económica y geopolítica mundial.
Chile, por su producción de cobre y litio, ocupa un lugar privilegiado dentro de ese tablero.
Precisamente por eso, el Gobierno debe tener claridad respecto de qué está dispuesto a conceder y qué no.
Estados Unidos puede ser un socio estratégico fundamental para Chile. Tenemos un Tratado de Libre Comercio vigente y una relación económica construida durante décadas. De hecho, más de la mitad de las exportaciones chilenas hacia ese mercado ya se encuentran con arancel cero, mientras otra parte importante enfrenta actualmente una sobretasa de 12,5%.
Pero si Washington pretende utilizar la negociación arancelaria para obtener compromisos adicionales en materias de inversión, propiedad intelectual, minerales críticos, seguridad económica o revisión de inversiones extranjeras, entonces Chile debe negociar con una mirada integral.
El arancel no puede convertirse en la puerta de entrada para comprometer nuestra autonomía económica.
El cobre y el litio pertenecen a una categoría de recursos que Chile debe mirar con visión de Estado. No basta con extraerlos y exportarlos. El desafío es lograr que su explotación genere mayor valor agregado, tecnología, empleo, investigación y desarrollo para nuestro propio país.
Si Estados Unidos quiere competir por estos minerales, bienvenido sea. La competencia puede beneficiar a Chile si significa mejores inversiones, mejores precios, mayor tecnología y nuevas oportunidades.
Pero esa competencia debe ser realmente abierta y beneficiosa para Chile, y no convertirse en una sustitución de una dependencia por otra.
Porque mientras las grandes potencias diseñan sus estrategias para asegurar los recursos que necesitarán durante las próximas décadas, Chile corre el riesgo de limitarse nuevamente a ser el proveedor de materias primas.
Ese es el verdadero debate.
La negociación que viene no debería preguntarse solamente qué productos volverán a tener arancel cero, sino también qué quiere Chile a cambio de sus recursos estratégicos.
Si Estados Unidos quiere asegurar cobre y litio, Chile debería exigir algo más que una rebaja arancelaria: transferencia tecnológica, inversión productiva, desarrollo de cadenas de valor, empleo, innovación y condiciones que permitan que parte importante de los beneficios permanezca en nuestro territorio.
Y también debería existir una estrategia nacional frente a la competencia entre las grandes potencias.
Porque el mundo está cambiando. La disputa por los minerales críticos ya no es solamente económica: es tecnológica, energética, industrial y geopolítica.
Chile tiene cobre. Tiene litio. Tiene una posición estratégica en el Pacífico y una creciente importancia para las cadenas de suministro globales.
No estamos negociando desde una posición de debilidad absoluta.
La oportunidad está en comprender que nuestros recursos naturales pueden convertirse en una herramienta para alcanzar un mayor desarrollo y no simplemente en una ficha más dentro de la disputa comercial entre Estados Unidos, China y las demás potencias.
La relación con Washington debe ser buena, estable y beneficiosa. Pero una buena relación entre dos países no significa que uno de ellos deba aceptar todas las condiciones del otro.
Chile debe sentarse a la mesa como socio, no como subordinado.
Y si la nueva política comercial de Estados Unidos pretende recorrer el continente asegurando posiciones estratégicas sobre los minerales críticos, nuestro país debe tener una respuesta propia: abierta al mundo, favorable a la inversión, pero firme en la defensa de sus intereses nacionales.
Porque el cobre y el litio no son solamente minerales.
Son parte de la riqueza estratégica de Chile y de nuestro futuro.









