Más de 60.000 muertos. Miles de ellos, niños. Mujeres, ancianos, civiles desarmados que solo intentaban sobrevivir, encontrar alimento, proteger a sus familias en medio de un infierno que no cesa. El reciente ataque del 3 de junio, donde al menos 27 palestinos fueron abatidos por disparos israelíes mientras buscaban ayuda humanitaria cerca de la rotonda de Al Alam, no es una excepción trágica, sino parte de un patrón sistemático de violencia que se ha intensificado con cada día de bombardeos, asedios y restricciones brutales en Gaza.
Tanques, drones y helicópteros disparando contra civiles. No es una imagen de una película distópica; es la realidad que enfrentan los palestinos bajo una ocupación y ataque constantes. La comunidad internacional ha reaccionado con una mezcla de condenas formales, comunicados tibios y decisiones aisladas que, si bien necesarias, llegan tarde o no van al fondo del problema.
En ese contexto, la decisión del presidente de Chile, Gabriel Boric, de retirar a los agregados militares chilenos en Tel Aviv y cesar las importaciones de material bélico desde Israel, no solo es coherente con el respeto irrestricto a los derechos humanos, sino también un acto de dignidad política frente a lo inaceptable. Boric no está solo: otros líderes del mundo han comenzado a señalar con claridad lo que está ocurriendo. Y sí, lo han llamado por su nombre: genocidio.
Lo que resulta preocupante —y francamente vergonzoso— es que medios nacionales como BioBioChile destaquen esa palabra entre comillas, como si el término fuese una exageración, una hipérbole, o peor aún, un simple recurso retórico usado por un jefe de Estado. Poner “genocidio” entre comillas en este contexto es una forma solapada de negacionismo. Es relativizar una masacre documentada, cuyas consecuencias están a la vista del mundo.
Entonces, cabe preguntarse: ¿Qué más debe pasar para que se reconozca, sin tapujos ni comillas, que lo que está ocurriendo en Gaza es un genocidio? ¿Cuántos niños más deben morir? ¿Cuántas familias deben ser destruidas para que el horror deje de ser narrado con eufemismos? El Derecho Internacional, incluido el Estatuto de Roma, no exige exterminios en masa sin pausa para calificar un crimen como genocidio. Basta con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso.
Es tiempo de dejar las ambigüedades. No se trata de una disputa semántica, ni de una pugna ideológica. Se trata de vidas humanas, de una tragedia moral frente a la que el mundo ya no puede seguir siendo cómplice por omisión. Y los medios de comunicación tienen un rol fundamental en ello: informar con responsabilidad, no disfrazar la masacre con comillas.
Chile ha dado un paso valiente. Ahora corresponde que otros gobiernos, organizaciones internacionales, y sí, también los medios de comunicación, asuman su rol histórico y moral. No hay neutralidad posible frente a la barbarie.
Porque si lo que ocurre en Gaza no es genocidio, entonces, ¿qué es?









