En los últimos días, una controversia ha sacudido el debate público en Chile: la reaparición de la señal del canal ruso RT (Russia Today) en la parrilla de algunos operadores de televisión. Desde sectores políticos —especialmente de la derecha— y algunos medios de comunicación, como Radio Bío Bío se ha levantado una crítica feroz, no tanto por el contenido específico de RT, sino por lo que representa simbólicamente en el actual escenario geopolítico.
La paradoja es evidente: en nombre de la “defensa de la democracia”, algunos actores intentan censurar un canal informativo por su supuesta carga ideológica, definiendo unilateralmente qué es aceptable y qué no para los ojos y oídos de los chilenos. En otras palabras, se busca filtrar el acceso a la información desde una lógica paternalista que subestima la capacidad crítica de la ciudadanía.
No se trata aquí de defender a RT como modelo de prensa, sino de defender el principio más elemental de una sociedad libre: el derecho de las personas a informarse desde múltiples fuentes y sacar sus propias conclusiones. Si RT debe ser vetado por “propaganda”, ¿no habría que aplicar el mismo criterio a los medios occidentales que históricamente han operado con claros alineamientos ideológicos? ¿O a ciertos canales y radios nacionales cuyo relato responde abiertamente a los intereses de grandes conglomerados económicos?
El debate que realmente deberíamos tener no es sobre un canal extranjero, sino sobre la madurez de nuestra democracia. La pluralidad de voces —aunque molestas, disonantes o incómodas— es la base de una sociedad libre. La censura previa, en cambio, es el camino hacia una democracia tutelada por élites que creen saber mejor que el pueblo qué debe pensar, decir o ver.
Los chilenos ya no son ingenuos. Con acceso a redes sociales, múltiples medios nacionales e internacionales, y con una experiencia política intensa en las últimas décadas, la ciudadanía sabe discriminar, contrastar y decidir. No necesita guardianes ideológicos, menos aún cuando estos actúan por intereses partidistas antes que por convicciones democráticas.
Censurar RT no es un acto de responsabilidad informativa, es una muestra de intolerancia selectiva. Si verdaderamente creemos en la libertad de expresión, debemos ser coherentes: defenderla cuando nos incomoda, no sólo cuando nos conviene.









