Gaza: la palabra prohibida

La reciente resolución de la Asociación Internacional de Académicos del Genocidio no deja espacio para eufemismos: lo que ocurre en Gaza es genocidio. No lo dicen activistas apasionados ni gobiernos adversarios a Israel; lo afirman los principales expertos del mundo en la materia, muchos de ellos especialistas en el Holocausto. Su conclusión, respaldada por un 86% de los votantes, eleva el debate a una dimensión ineludible: la ofensiva israelí cumple con los parámetros legales del crimen más grave tipificado en el derecho internacional.

Los números hablan por sí solos. Más de 63.000 palestinos muertos, alrededor de la mitad mujeres y niños; dos millones de personas desplazadas; ciudades reducidas a escombros. Gaza es hoy un territorio arrasado, donde la vida civil ha sido despojada de toda normalidad. Ante esta realidad, el calificativo de “genocidio” ya no es solo un recurso retórico, sino una constatación académica y jurídica.

Sin embargo, mientras los expertos se pronuncian con claridad, los gobiernos vacilan. Naciones Unidas y varias potencias occidentales insisten en que solo un tribunal internacional puede determinar si existe genocidio. Pero esa prudencia se convierte en complicidad cuando lo evidente se diluye en tecnicismos. Especialmente llamativo resulta el caso de Estados Unidos, el aliado más incondicional de Israel, que niega la existencia de genocidio y continúa suministrando apoyo político y militar a una ofensiva que ha devastado a una población entera.

El contraste es brutal: mientras los académicos recuerdan que el genocidio no tiene un “umbral numérico” y que debe juzgarse por la intención y el resultado de los actos, Washington se aferra a un discurso que relativiza la tragedia. La potencia que históricamente se ha proclamado garante de la democracia y los derechos humanos en el mundo, aparece hoy avalando la barbarie, incluso frente a las advertencias de la Corte Internacional de Justicia.

La determinación de los académicos debería ser una alarma ética para todos. Nombrar las cosas por su nombre no es un mero gesto semántico, sino el primer paso para frenar la impunidad. Lo que ocurre en Gaza no es una “operación militar”, ni un “conflicto asimétrico”. Es un genocidio en curso, y cada día que la comunidad internacional rehúye llamarlo así, contribuye a prolongar el sufrimiento de un pueblo.

La historia juzgará con dureza a quienes, teniendo los hechos ante los ojos, prefirieron el silencio o las medias tintas. Gaza será recordada no solo por la magnitud de la tragedia, sino también por la cobardía de los gobiernos que, en nombre de la geopolítica, negaron la verdad más cruel.