Durante décadas, el desarrollo económico estuvo marcado por una receta que parecía incuestionable: menos Estado, más mercado. Organismos internacionales como el Banco Mundial promovieron con fuerza la liberalización económica, las privatizaciones y la reducción de la intervención estatal como el camino más seguro hacia el crecimiento. Sin embargo, la historia tiene la costumbre de poner a prueba las teorías, y el caso de China parece haber cambiado para siempre esa discusión.
Hoy, el propio Banco Mundial reconoce que China se ha convertido en la mayor potencia manufacturera del planeta, concentrando cerca del 28% de toda la producción industrial mundial. No se trata de un fenómeno pasajero ni de una casualidad. Es el resultado de una estrategia sostenida durante décadas, basada en planificación de largo plazo, inversión pública, desarrollo de infraestructura, parques industriales orientados a la exportación y una estrecha coordinación entre el Estado y el sector privado.
Más significativo aún que el éxito chino es el cambio de postura del propio Banco Mundial. La institución admite que su histórica oposición a las políticas industriales quedó superada por la evidencia. Hoy reconoce que un Estado activo, capaz de definir sectores estratégicos, impulsar la innovación y acompañar el desarrollo productivo, puede ser un factor decisivo para acelerar el crecimiento económico.
Este reconocimiento no implica que todos los países deban copiar el modelo chino al pie de la letra. China posee características políticas, culturales y demográficas únicas que difícilmente son replicables. Sin embargo, sí deja una enseñanza de enorme relevancia: ningún país alcanza altos niveles de desarrollo únicamente confiando en las fuerzas del mercado.
La historia económica respalda esta conclusión. Las economías más desarrolladas del mundo, desde Estados Unidos hasta Corea del Sur, Alemania y Japón, utilizaron en distintos momentos políticas industriales, subsidios estratégicos, protección temporal de sectores productivos e inversión estatal para construir sus ventajas competitivas.
En América Latina, donde durante décadas predominó una fuerte dependencia de las exportaciones de materias primas, este debate adquiere una importancia especial. Países ricos en recursos naturales siguen enfrentando dificultades para diversificar sus economías, generar industrias de mayor valor agregado y crear empleos altamente calificados. La experiencia china invita a preguntarse si ha llegado el momento de abandonar las discusiones ideológicas para concentrarse en políticas de desarrollo pragmáticas.
Chile tampoco está ajeno a este desafío. Su estabilidad macroeconómica ha sido reconocida internacionalmente, pero continúa dependiendo en gran medida de la exportación de recursos naturales. La pregunta ya no parece ser si el Estado debe participar o no en la estrategia de desarrollo, sino cómo hacerlo de manera eficiente, transparente y con visión de futuro.
El reconocimiento del Banco Mundial representa mucho más que una rectificación técnica. Es la aceptación de que el desarrollo económico requiere instituciones sólidas, planificación estratégica e inversión productiva. La evidencia demuestra que el mercado es una herramienta poderosa, pero no siempre suficiente para transformar una economía.
Quizás la mayor lección que deja China no sea únicamente que hoy fabrica gran parte de los bienes que consume el mundo. La verdadera enseñanza es que las políticas económicas deben adaptarse a la realidad y no al revés. Cuando los resultados contradicen las viejas doctrinas, la inteligencia consiste en revisar las ideas, no en ignorar la evidencia.









