La catástrofe que reveló nuestra ceguera sistémica

El temporal que golpeó la región de Coquimbo en julio de 2026 no fue solamente una catástrofe climática. Fue también una catástrofe epistemológica.(Foto agencia EFE)

Mientras observábamos el desborde del río Elqui, el rebrote de las quebradas Santa Rosa, Cruz de Caña y El Hinojal, la desaparición del Islón y cientos de familias perdiéndolo todo, una pregunta se hizo inevitable: ¿cómo es posible que un evento ampliamente pronosticado produjera consecuencias tan devastadoras?

La respuesta no puede reducirse a la intensidad de las lluvias ni atribuirse únicamente al cambio climático, al plan regulador, a los permisos de construcción o a la ocupación de zonas de riesgo. Todos esos factores influyeron. Sin embargo, el temporal dejó al descubierto un problema más profundo: nuestra dificultad para comprender que vivimos en sistemas complejos.

Hace más de medio siglo, Humberto Maturana y Francisco Varela mostraron que ningún ser vivo puede entenderse separado de la red de relaciones que hace posible su existencia. Esa intuición, nacida desde la biología, resulta hoy extraordinariamente vigente. Las ciudades también son sistemas vivos. El territorio también lo es. El clima, la infraestructura, las cuencas, las quebradas, la planificación urbana, la ciencia, la educación y las decisiones políticas forman parte de una misma trama de interdependencias.

Los científicos del CEAZA fueron claros: este fue el evento continuo de seis días más intenso registrado en gran parte del Norte Chico. También advirtieron que el calentamiento de los océanos está aumentando la probabilidad de eventos extremos. Lo más revelador, sin embargo, fue que los pronósticos anticiparon correctamente la magnitud del temporal.

La ciencia funcionó. Lo que falló fue nuestra capacidad para convertir ese conocimiento en decisiones coordinadas.

Las catástrofes del siglo XXI ya no responden a una única causa. Emergen de múltiples procesos que interactúan simultáneamente. Resolverlas desde instituciones que operan de forma aislada constituye una contradicción. El pensamiento sistémico ya no es un lujo académico; es una condición para gobernar en tiempos de incertidumbre climática.

Este desafío también interpela a la educación. La OCDE plantea que formar para el futuro exige desarrollar la capacidad de comprender sistemas complejos, colaborar entre disciplinas y anticipar escenarios. En esa dirección, la educación STEM, STEAM o STEM+ adquiere un significado mucho más profundo que enseñar programación o robótica. Su verdadero propósito debería ser cultivar pensamiento sistémico para diseñar soluciones complejas a problemas complejos.

Imaginemos estudiantes trabajando sobre las cuencas de la región de Coquimbo. Equipos interdisciplinarios que integren ciencias, matemáticas, ingeniería, tecnología, artes y ciencias sociales para modelar el comportamiento del río Elqui, utilizar inteligencia artificial para anticipar inundaciones, construir sensores para monitorear quebradas, estudiar la biodiversidad y diseñar soluciones inspiradas en la naturaleza. Aprenderían contenidos disciplinares mientras desarrollan comprensión profunda del territorio, colaboración y responsabilidad con su comunidad.

Pero el temporal también nos dejó una imagen esperanzadora. Mientras muchas instituciones evidenciaban dificultades para coordinarse, miles de ciudadanos comenzaron espontáneamente a hacerlo. Vecinos que nunca se habían visto organizaron rescates, compartieron alimentos, habilitaron albergues y coordinaron ayuda mediante redes sociales. Sin una autoridad central, emergió una extraordinaria inteligencia colectiva.

He ahí la gran paradoja de esta tragedia: mientras nuestras instituciones tendían a pensar en fragmentos, la ciudadanía comenzó a comportarse como un verdadero sistema.

Quizás esa sea la principal lección del temporal. La resiliencia no depende solo de mejores obras de ingeniería o de tecnologías más sofisticadas. Depende, sobre todo, de nuestra capacidad para comprender las relaciones que sostienen la vida en común. La evidencia internacional es clara: las sociedades que mejor enfrentan los desastres combinan ciencia de excelencia, instituciones coordinadas, planificación territorial, educación interdisciplinaria y comunidades capaces de aprender y actuar colectivamente.

Prepararnos para el próximo temporal comienza mucho antes de que aparezcan las primeras nubes. Comienza aprendiendo a pensar sistémicamente.

 

Por Dr. Ronnie Videla Reyes, académico UST La Serena